El agave tiene una larga historia en las Américas. Se estima que esta planta lleva más de 12 millones de años creciendo y diversificándose, por lo cual hoy en día hay más de 200 diferentes especies de agave. En México, la cuna de los destilados de agave, se estima que existen un 75% de estas especies, en particular las variedades utilizadas para producir tequila y mezcal.

El agave forma gran parte de la cultura Mexicana y por ende su historia va atada a las creencias y tradiciones Mexicanas e indígenas.

La Leyenda del Agave

Cuenta la leyenda Náhuatl que el agave nace de un amor prohibido entre dioses. La diosa Mayahuel, aislada del mundo por su abuela Tzitzímitl, soñaba en experimentar el romance y la pasión. Una noche, sentada al borde de una nube, cantó una canción llena de tristeza. El dios del viento, Ehécatl-Quetzalcóatl, oyó el canto, e hipnotizado con su voz viajó hacia Mayahuel. Se enamoró de ella en un instante, y con su brisa la abrazó y flotando en el aire bailaron juntos noche tras noche hasta que Mayahuel dejó de regresar a su hogar. Tzitzímitl, enfurecida, decidió buscar a los amantes y matarlos.

Al darse cuenta del plan de Tzitzímitl, Ehécatl-Quetzalcóatl envolvió con sus vientos a Mayahuel y la bajó a la Tierra para esconderla de su abuela, y al abrazarse sus cuerpos se unieron en su pasión y se volvieron un hermoso árbol de dos ramas. Cuando Tzitzímitl finalmente los encontró, partió el árbol por mitad y lo dió a las hermanas de Mayahuel para que lo devorarán.

La rama en la que se había convertido Ehécatl-Quetzalcóatl permaneció intacta, y recogió los restos de la rama de Mayahuel y los enterró en el suelo Mexicano. En su dolor, lloró lágrimas que Tlaloc, el dios de la lluvia, le otorgó. Entre el sustento de las lágrimas y el nutriente suelo volcánico de la región, de los restos de Mayahuel nació una planta hermosa, conocida como Maguey (un nombre coloquial del agave).

Un tiempo después, se dice que una tormenta se abatió sobre un campo de agave y un rayo cayó sobre una de las plantas, quemándola. Ésta libero un aroma delectable y los indígenas, curiosos por este olor, la encontraron, y probando el sabor dulce de su aguamiel lo consideraron un regalo de los dioses y de la divina Mayahuel.

Ésta es tan solo una de las variaciones de la famosa leyenda del origen del agave, sin embargo no podemos pensar en una forma más hermosa y mística de comenzar la historia de una planta cuyos destilados son parte de nuestras propias historias de vida.

La Historia del Agave y sus Destilados

Aunque no podamos todos coincidir en la leyenda del comienzo del agave, podemos trazar parte de su historia en el pasado reciente.

Se estima que la planta de agave se comenzó a consumir desde hace más de 14 mil años, ya que por medio de excavaciones arqueológicas se han encontrado pedazos de maguey que los nativos de México quemaban y mascaban en sus cuevas. Se han encontrado también hornos en los cuales los nativos cocinaban el maguey que datan de 400 a.C. y herramientas que utilizaban para el despulpe de la planta alrededor de 1,400 d.C1.

Amatitán puede ser considerado el municipio mexicano con mayor antigüedad de plantaciones de agave. Los suelos fértiles, aunque pedregosos, del valle de Amatitán-Tequila, en Jalisco, se dieron forma por medio de las corrientes de lava balsática de los volcanes del area. Éstos suelos eran permeables y ricos en nutrientes, ideales para el vigoroso crecimiento del agave, en particular el agave azul, utilizado para la elaboración del tequila d.C.2.

La abundancia del agave en la región permitió que se aprovecharan las hojas de la planta para “construir techumbres, fabricar agujas, punzones, alfileres y clavos, hacer buenas cuerdas, elaborar papel y un cierto tipo de recipientes; además de utilizarse las pencas secas como combustible, sus cenizas se usaban como jabón, lejía o detergente y su savia para la curación de heridas3.” Lo que menos se utilizaba era el mismo corazón de la planta.

No fue sino hacia mediados del siglo XVI que los españoles colonizadores comenzaron a destilar el producto de la piña. Por muchos años, el gobierno mexicano (por decreto del rey Carlos III de España) favoreció la importación de vinos y aguardientes españoles, por lo que la producción del destilado de agave se hacía de manera clandestina. No fue sino hasta 1795 que el rey Carlos IV termina con la prohibición y autoriza su producción otorgando licencias a productores mexicanos.

A finales del siglo XIX, se comenzaron a establecer cultivos de agave azul en los Altos de Jalisco, conocido como el “triángulo de oro del agave.” La altitud, de entre 2,000 a 2,100 metros, favorece el agave, permitiendo que las piñas sean más ricas en azúcares. Luego de la independencia en 1821, los licores españoles comenzaron a tener mayores dificultades para llegar a México, por lo cual permitió que los fabricantes de destilados de agave, principalmente de tequila, pudiesen expander su comercialización en el país.